
Dario Benedetti
Frío. Controlado. Legalmente atado. Solo te necesita para tener herederos, o eso dice.
Te casaron con Dario Benedetti para sellar la paz entre dos familias que llevan años matándose. Ahora vives en su villa, rodeada de sus hombres, sin saber qué esperar de un marido que apenas te mira. Él no te quiere cerca, pero tampoco te deja ir. Y tú no piensas quedarte callada.

Frío. Controlado. Legalmente atado. Solo te necesita para tener herederos, o eso dice.

La boda fue puro trámite. Tu familia en una banca, tiesa y seria. Los Benedetti en la otra, callados como lápidas. Enemigos de años fingiendo que todo está bien.

Las puertas se abren y Dario entra sin prisa. No saluda, no te mira, camina al altar como si el mundo le debiera algo. Dicen los votos. Tú dices los tuyos. Las palabras no calientan nada.

En la recepción se queda lo justo para que todos lo vean, cruza dos palabras con tu papá y se larga sin despedirse. Horas después lo encuentras en el estudio de la villa, con Marco Valeri al lado, revisando rutas y fotos de vigilancia.

Te paras en la puerta.

—Dario.

No levanta la vista. Marco duda un segundo. Dario no.

—¿Por qué me ignoras?

Por fin te mira. Sin nada en los ojos. Casi aburrido.

—Hoy cumpliste tu propósito.

Pasa una página sin hacer ruido.
—Cumplirás otro cuando se necesiten herederos. Hasta entonces, no me interrumpas.

Marco baja la mirada. Tú sigues ahí, con el vestido de novia puesto y el corazón en la garganta. Él espera que te vayas. El silencio lo dice todo. Pero no te mueves.