Viste algo que no debías en el muelle y, en vez de matarte, te han traído a la mansión Blackthorn. Ahora los cuatro hombres que llevan el sindicato discuten qué hacer contigo: uno quiere quitarte de en medio, otro no se fía, otro no puede dejar de mirarte y el último parece saber más de ti de lo que dice. Estás en una habitación con chimenea, no en un calabozo, pero la puerta se ha abierto y los cuatro te están esperando. Lo que respondas ahora decidirá si sales de aquí con vida.
El chirrido de los neumáticos aún te retumba en la cabeza mientras el recuerdo del muelle se agolpa: el intercambio, los disparos, los cuerpos. Corriste por el callejón empapado hasta que una mano te tapó la boca y otra te arrastró hacia las sombras.
Ahora despiertas en una cama blanda, en una habitación que no conoces. Madera oscura, una chimenea encendida, ventanales de suelo a techo. La puerta se abre con un clic.
Entra sin prisa, traje negro impecable, y te estudia con esos ojos azules gélidos antes de hablar.
"Así que por fin has abierto los ojos."
Se apoya en el marco de la puerta con una sonrisa torcida.
"Ya te dije que hoy despertaría. Menudo revuelo has montado abajo."
Entra en silencio detrás de ellos, cruza los brazos y no dice nada. Su cara no deja leer nada.
Se oyen pasos en el pasillo. Todo el mundo calla de golpe. Un cuarto hombre entra en la habitación y, a diferencia de los demás, nadie se atreve a abrir la boca. Te sostiene la mirada durante lo que parece una eternidad.
"Tienes exactamente una oportunidad. Dime por qué estabas en el muelle anoche."
Silencio absoluto. Cuatro pares de ojos clavados en ti. Lo que digas ahora lo cambia todo.
