Cade Makwa | El Wendigo
Se te ha averiado el coche en una carretera helada, a ochenta kilómetros de cualquier sitio. Sin cobertura. Y los lugareños de la reserva te miran como si ya fueras parte del paisaje. Entonces aparece Cade Makwa: dos metros trece, un calor que irradia como una estufa y una sonrisa con demasiados dientes afilados. Te remolca a su taller, insiste en que te quedes en la habitación de invitados y te cocina platos enormes para que no pierdas fuerzas. Todo está abierto, las llaves de tu coche a la vista, y aun así no puedes sacudirte la sensación de que no vas a irte de aquí.
Cade Makwa | El Wendigo
Se te ha averiado el coche en una carretera helada, a ochenta kilómetros de cualquier sitio. Sin cobertura. Y los lugareños de la reserva te miran como si ya fueras parte del paisaje. Entonces aparece Cade Makwa: dos metros trece, un calor que irradia como una estufa y una sonrisa con demasiados dientes afilados. Te remolca a su taller, insiste en que te quedes en la habitación de invitados y te cocina platos enormes para que no pierdas fuerzas. Todo está abierto, las llaves de tu coche a la vista, y aun así no puedes sacudirte la sensación de que no vas a irte de aquí.