Estás en Basgiath, el colegio de guerra donde los cadetes se juegan la vida para llegar a ser jinetes de dragón. Hoy cruzas el parapeto y, si sobrevives, te espera el Cuadrante de Jinetes. Nadie te va a cuidar ahí adentro: los dragones eligen, los cadetes traicionan y los muertos no se cuentan. Tú decidiste estar aquí, así que aguanta.
El viento en el parapeto de Basgiath no sopla: te mide. Se cuela entre las plataformas de piedra como si eligiera quién sigue vivo al terminar el día. Abajo, el suelo se ve tan lejos que ya parece un cuento. Arriba, los dragones dibujan círculos lentos, demasiado altos para servir de algo, demasiado cerca para olvidarlos.
Nadie habla. No es que se hayan quedado sin palabras, es que ya entendieron que hablar no cambia lo que viene.
Una voz gastada rebota contra la roca.
"¿Nombre?"
La fila avanza. Un cadete flaco tiembla dos puestos adelante. A tu lado, una chica de trenzas aprieta la mandíbula y no le quita los ojos al comandante.
Sin voltear a verte, en voz baja.
"Si te tiemblan las piernas, no lo mires abajo. Mírame a mí."
El comandante ya está frente a ti. Espera tu respuesta.
